Lo he dado todo por ti; me desgarro la piel, aguanto la vorágine de los sentimientos más puros e incontrolables de mi alma, mi mente te guarda un apartado únicamente para ti, lo pongo todo en ser comprensivo, practico la empatía, aguanto, aguanto, aguanto.
Ya es demasiado, no es que me rinda, ni mucho menos, tampoco es que venda al bando contrario ni que incumpla mi palabra, sencillamente e intentado llevar todo por el mejor camino –el más arduo de todos- pero sin colaboración no se puede; si no he conseguido enseñarte nada en tanto tiempo es que no sirvo para ello, no siempre salen las cosas como uno quiere, aunque se ve que, a un servidor, es la regla general eso de que todo lo malo viene junto y lo bueno… Mejor no hablar de lo bueno, nunca pasa en el momento apropiado.
Ahora, momento de soledad angustiosa y deplorable etapa de mi vida, veo que lo que en más alta estima tenía se me cae encima, mi corazón sale por mi boca y cae al suelo, destrozándose, haciéndose añicos cual jarrón llamado al mismo destino. También mi cuerpo se hunde, parece ser que un agujero negro en mi habitación no deja de crecer y me quiere tragar, pero la tristeza se apaga, ni siquiera estoy enfadado, solamente mis ánimos se han ido de paseo y parece que no van a volver en una larga temporada.
No sabes cuánto duele -cuando ya estás desarmado, desnudo a la intemperie- que te traten como algo insignificante y encima se le reproche su mala suerte. Eso sí que no es justo.
Creo que estas cometiendo el mismo error que cometí yo, es solo mi opinión.
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